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Año de la fe: tiempo propicio

2012-10-09 - PAPA

El Papa Benedicto XVI ha decidido proclamar un Año de la Fe. Todos nosotros, los católicos, debemos participar de ese año con “todo el corazón, con toda el alma y con todo el entendimiento” (Mt 22,37). Pero, ¿cuál es el sentido del Año de la Fe? ¿La fe todavía encuentra espacio en nuestra cultura secularizada? En un mundo lleno de miserias, hambre, guerras, donde parece no haber lugar, ni oportunidad para Dios, ¿no sería una alienación proclamar un Año de la Fe? ¿Para qué sirve la fe?

Éstos y otros interrogantes son propuestos a los cristianos. Responderlos se hace necesario para todos los que desean vivir su fe con conciencia, y no solamente como una herencia de sus padres y abuelos, olvidada y guardada en un rincón perdido de la propia vida, y que no posee ninguna incidencia concreta en el modo de vivir, pensar, ser y relacionarse.

El cristiano ante esta problemática no se calla y no debe callarse. Debemos descubrir en la oración los designios de Dios y dar respuestas adecuadas. Me gustaría invitarlos a recorrer conmigo un itinerario que nos lleve a descubrir el significado, la importancia y la necesidad del Año de la Fe.

El Año de la Fe significa agradecer.

El ser humano, en su estado natural, posee inteligencia y voluntad con potencialidades infinitas. La belleza que surge de las manos de los hombres es un reflejo de la belleza que surge de las manos del Creador. Sin embargo, Dios no quiso que el hombre permaneciera apenas en su estado natural y nos dio el don de la fe.

El don de la fe y de la gracia eleva al hombre al estado sobrenatural, somos hijos de Dios (1 Jn 3,1). En este estado podemos decir como San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). El estado sobrenatural no está en conflicto con el estado natural. La gracia no destruye la naturaleza, la supone, la eleva y la perfecciona.

La fe nos eleva a una condición superior, pero no de superioridad. Es en la vivencia profunda de la fe que el hombre se encuentra completamente consigo mismo y con el otro, y realiza plenamente la vocación a la que fue llamado.

Cristo es nuestro Señor y nos invita a contemplar al mundo y a sus hermanos con ojos nuevos. La fe, bien acogida y cultivada, nos ofrece unos lentes que nos permiten darnos cuenta y percibir la realidad con el corazón de Dios. Por eso, el cristiano, no es indiferente a los temas del mundo. El sufrimiento y el dolor que asolan a la humanidad deben ser sentidos, sufridos y compadecidos con mucha más intensidad por aquéllos que se declaran apóstoles de Cristo. Es con el amor de Dios que amamos al mundo.

La fe no es alienación, por el contrario, es traer al mundo un poco de lo divino, es lapidar la belleza de la creación muchas veces escondida por la nube del pecado. La verdadera alienación es no acoger, cultivar y promover el don de la fe. La búsqueda del infinito que permeabiliza el corazón humano encuentra en ella su puerto seguro, ya que solamente a través de ese magnífico don descubrimos quienes realmente somos. Como decía San Agustín: “Me hiciste para Ti, Señor, y mi corazón está inquieto mientras no descansa en Ti” (Confesiones, l.1, n.1). Elevemos todos una oración de agradecimiento a Dios por el don de la fe que nos enriquece, haciéndonos más humanos e hijos de Dios.

En el Año de la Fe es necesario dar razones

San Pedro, en su epístola, nos invita a dar razones sobre nuestra esperanza. “Estad siempre preparados para responder a vuestra defensa a todo aquél que os pregunte sobre la razón de vuestra esperanza, pero hacedlo con suavidad y respeto.” (1 Pe. 3, 15)

No basta con celebrar. La verdadera acción de gracias al Señor exige que desarrollemos el don recibido. La fe es la respuesta que el corazón humano naturalmente ansía encontrar. Sin embargo, el don de la fe no excluye la necesidad de utilizar el don de la razón para comprender mejor los misterios revelados por Dios, de hacerlos comprensibles y accesibles al hombre en cada momento histórico. Existe la inteligencia de la fe que debe ser, unida a la luz de la gracia, desarrollada, a fin de que cada cristiano pueda adherirse con mayor libertad a las verdades reveladas.

Solamente a partir de una libre, consciente y renovada adhesión a la propia fe habrá plena responsabilidad en la vivencia y en el testimonio de ese don. Es aquí donde don y respuesta, gracia divina y libertad humana deben tomarse de las manos para que la fe pueda caer en tierra fértil, sembrar y dar frutos en abundancia.

Esforcémonos por conocer profundamente la fe que profesamos. Formemos grupos de estudio y reflexión, estudiemos nuestra historia.

Poseemos un instrumentos maravillosamente privilegiado para esta finalidad: el Catecismo de la Iglesia Católica, que se presenta también en formato de compendio y en formato para jóvenes, el YouCat, presentado en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Todos ellos son fuentes riquísimas para alimentar nuestra alma y nuestra inteligencia. Contamos también con el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, los documentos del Concilio Vaticano II, las encíclicas papales y, sobre todo, la Sagrada Escritura.

Utilicemos las herramientas que la sociedad moderna nos ofrece para actualizarnos, para que nos conozcamos y nos encontremos. Es loable la iniciativa de diversos grupos de jóvenes quienes, ante la imposibilidad de encontrarse físicamente con frecuencia, utilizan los chats, los grupos que los diferentes medios sociales ofrecen. Deseo, vivamente, que estos grupos se multipliquen. Es importante que estén guiados por una persona o que tengan un moderador o consultor con conocimientos filosóficos y teológicos, que iluminen y ayuden a entender mejor la propia fe. 

Por el bautismo, somos desde que lo hemos recibido, ciudadanos del Cielo, pero debemos ser conscientes de esa dignidad tan elevada. No debemos avergonzarnos ante los desafíos que el mundo nos presenta. La Iglesia no posee solamente dos mil años de historia, sino que ella y consecuentemente cada uno de nosotros que nos encontramos en comunión con ella, poseemos la ayuda y asistencia del Logos Divino, de la sabiduría eterna, la cual nos es otorgada a través de los dones del Espíritu Santo. No debemos tener miedo de dialogar con el mundo contemporáneo. Es nuestra misión evangelizar la cultura. Como afirma Benedicto XVI, “la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.” (Porta Fidei, nº 12). Seamos los promotores de la Verdad en la caridad, y de la caridad en la Verdad.

En el Año de la Fe es importante proclamar

Benedicto XVI, con mucha sabiduría, llama la atención al hecho de que muchos cristianos sienten “una preocupación más grande con las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe que con la propia fe, considerando a ésta como un presupuesto obvio de su vida diaria” (Porta Fidei, nº 2). Ante los desafíos que nos presenta la sociedad secularizada, nuestra primera reacción es lanzarnos y poder hacer algo. Deseamos, justificadamente, y nos esforzamos, con buenas intenciones, en unir personas, grupos y entidades para combatir aquello que consideramos nocivo para el cristianismo y para la humanidad. 

Considero importantes todas las iniciativas que buscan promover nuestra fe e incidir positivamente en la sociedad, y que contengan el avance del mal que se propaga, que se extiende en nuestra cultura. Pero, ¿qué sucedería con esas iniciativas de lucha y de fuerza, de combate y de choque sin la fe? No me imagino a los primeros cristianos yendo en contra unos de otros para dominar las instituciones por medio de la fuerza y del poder. La acción más importante y fecunda de nuestros primeros hermanos fue, a partir de la experiencia que nace del encuentro personal con Cristo, la de testificar con la propia vida que Dios existe. Los paganos se sentían atraídos por la belleza de la fe católica y por la caridad con que la vivían los primeros cristianos, y llegaban a exclamar: “Ved como se aman” (Tertuliano, Apol., nº 39).

Será en la caridad, en la alegría, en el entusiasmo y en la felicidad de la vivencia de nuestra fe que iremos a impregnar, a penetrar el mundo de esperanza y de amor cristiano. Será con respeto, con dialogo abierto, sincero e inteligente que construiremos puentes entre la fe y el mundo contemporáneo. ¡Ya existen demasiados muros! 

Aprendamos el difícil arte de escuchar, entender, comprender y defender sin miedo nuestra fe con serenidad y respeto.

La evangelización y nuestras acciones sociales solamente producirán efecto a partir del momento en el cual cada cristiano tenga un encuentro personal con Cristo.

Nuestra fe no es fruto de una decisión, sino de un encuentro, y solamente a partir de ese encuentro nuestra evangelización será una luz que atrae por su belleza divina.

¿Dónde se realiza ese encuentro? No se es cristiano solo. El ser humano es un ser social por naturaleza. Será en la comunidad de fe y en la Iglesia, como custodios de los sacramentos de Cristo, que encontraremos, renovaremos y promoveremos nuestra fe. Sólo podremos decir que somos plenamente cristianos si nos encontramos con nuestros hermanos en la oración, en la eucaristía y en la reconciliación.

Sin comunidad no existe familia cristiana. Es a través del misterio del Cuerpo Místico de Cristo que la Iglesia se encuentra. Es en la liturgia y en los sacramentos que toda acción tiene sentido. “Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no sería eficaz, porque le faltaría la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos.” (Porta Fidei, nº 11).

Es en la vivencia comunitaria de nuestra fe que encontramos el amor de Cristo. “Caritas Christi urget nos – el amor de Cristo nos impulsa” (2 Cor 5, 14). El Papa afirma que “es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como entonces, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la Tierra (cf. Mt 28, 19)” (Porta Fidei, nº 7).

¡El amor de Dios crea! La palabra creación posee la misma raíz griega que la palabra poesía (poietés). De esta manera, Dios es el verdadero poeta y nosotros somos un poema de Dios. Por eso, es imposible no permanecer admirando, contemplando el sol que nace en el horizonte, o la luna llena que crece detrás de las montañas. La naturaleza es una serie de versos divinos que nos remite a Dios. Aquí, en nuestra Ciudad Maravillosa, tenemos el momento y el lugar para aplaudir la puesta del sol. Sin embargo, afirmo que no existe milagro más grande y poesía más bella que la mirada y la sonrisa de un cristiano que vive en el mundo con coherencia, simplicidad y entusiasmo su fe.

El católico tocado por la fe es una de las pruebas y evidencias más fuertes de la existencia de Dios. Cuando conozco un cristiano coherente, veo el milagro de la creación. Veo a Dios en la Tierra y noto que no existen tinieblas que puedan invadir un mundo dominado por la luz de la fe, por la sal del testimonio y por el bálsamo de la caridad. En cada uno de nosotros, de cierta manera, se hacen reales en su totalidad las palabras de Cristo: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20).

Pidámosle a Jesús la gracia de vivir nuestra fe con toda nuestra alma, con todo nuestro corazón y con todo nuestro entendimiento. Solamente así seremos lo que tendremos que ser y transformaremos el mundo. Solamente en Cristo, por Cristo y con Cristo conseguiremos trasmitir los tesoros de nuestra fe e incidir positiva y efectivamente en la sociedad. No tengamos miedo de hablar de Aquél que da un sentido final a nuestras vidas. Subamos a los tejados y preparémonos para anunciar con amor que el Amor existe, se hizo carne y habita en nosotros y está entre nosotros.

¡Preparémonos, a través de la oración, de la adoración, de la eucaristía, de la reconciliación y de la misión personal y comunitaria para el Año de la FE, que coincidirá, para júbilo nuestro, con la preparación y la realización de la JMJ Río 2013!

 

Don Orani João Tempesta, O. Cist.

Arzobispo de Río de Janeiro

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